Por
Juan Carlos Vázquez, Director para Latinoamérica de Attivo Networks
La
advertencia ha sido clara y tajante: los ataques de ransomware son
cada vez más sofisticados, lo que incrementa su efectividad para
causar daños severos a las empresas. Sin embargo, hay detalles que
no siempre se esclarecen. ¿En qué consiste la señalada
sofisticación? ¿Por qué es un factor tan amenazante?
Para
responder dichos cuestionamientos, el primer paso es entender que los
ataques de ransomware, tal como ocurre en otras áreas tecnológicas,
están
en permanente evolución. En ese sentido, lo que está ocurriendo
en la actualidad –el hecho que ha encendido las alarmas–
es que los cibercriminales están mostrando menos interés en los
ataques “tradicionales” de ransomware (lo que algunos analistas
llaman “commodity
ransomware”),
los cuales tienen un alto componente de automatización: las
herramientas de los ciberactores maliciosos están diseñadas para
activar la agresión tan pronto como consiguen el acceso a la red
empresarial, a esto se le llama enfoque indiscriminado –el
“talento” de los cibercriminales tiende a concentrarse en la
creación de la campaña de phishing que promueve el ataque.
Hoy,
los grupos cibercriminales están optando por un enfoque menos
brutal, si hablamos de la cantidad de equipos comprometidos. Sin
embargo, la intrusión ahora se lleva a cabo de manera quirúrgica y
con toda la intención de causar daño en donde más le duela a las
organizaciones.
Cuando logran entrar a una red, la prioridad de los atacantes ya no
es el golpe súbito, sino la posibilidad de permanecer ocultos en la
infraestructura. De esta forma, podrán explorar la red para ubicar
las vulnerabilidades y perfilar los activos corporativos más
valiosos. Una vez que obtienen dicha información (tarea a la que le
podrían dedicar horas, días, semanas o meses), los cibercriminales
están listos para lanzar un ataque preciso, oportuno y difícil de
contener; y que por su impecable planeación y ejecución les
garantiza una mejor recompensa económica o, por lo menos, estar en
una mejor posición para la extorsión.
Ya
dentro de la red, los cibercriminales pueden ser muy eficientes en
los preparativos del ataque. Un reporte de este año de la firma
Crowdstrike señaló que el llamado “tiempo de ruptura” - el
tiempo que le toma a un adversario moverse lateralmente de un host ya
comprometido a otro host dentro del entorno de la víctima- registró
un promedio de 1 hora y 32 minutos. El estudio también descubrió
que en el 36% de estas intrusiones, el adversario pudo moverse
lateralmente a hosts adicionales en menos de 30 minutos.
Además,
el tiempo que los cibercriminales logran mantenerse escondidos en la
red, rastreando información valiosa de la compañía, facilita la
puesta en marcha de un ataque de ransomware de doble extorsión (no
sólo el cifrado/secuestro de datos, sino también la amenaza de
divulgar documentos comprometedores o confidenciales).
Para
preparar y ejecutar un ataque de este tipo, las herramientas
maliciosas automatizadas no son el ingrediente indispensable. El
factor que marca la diferencia es un conjunto de mentes humanas
–malintencionadas, pero con grandes conocimientos técnicos e
inclinación hacia el razonamiento estratégico. En esto radica el
peligro del llamado “ransomware operado por humanos” o
“ransomware 2.0”. En este tipo de ataques, las organizaciones,
más allá del factor tecnológico, están enfrentando a un grupo de
personas que pueden reaccionar, con sagacidad, agilidad y eficiencia,
frente a cualquier circunstancia u oportunidad que se les presente en
el camino. Y peor aún: esta capacidad intelectual con fines nocivos
puede ponerse a disposición de un tercero, a través de la modalidad
de Ransomware como Servicio (RaaS).
Por
su componente humano, estos ataques de ransomware se están
convirtiendo en un problema serio de ciberseguridad. Prueba de ello
lo podemos encontrar en los casos de LockBit
y Conti.
En días recientes, la consultora global Accenture
fue atacada por el grupo que opera LockBit. Aunque la empresa ha
intentado ocultar los detalles de la agresión (algo que se le ha
criticado con dureza en la prensa internacional), trascendió que los
actores maliciosos solicitaron $50
millones de dólares
para “liberar” 6 TB de información.
No
son invencibles
Los
ataques de ransomware operado por humanos podrán ser sofisticados,
pero definitivamente no son indescifrables. Los especialistas en
ciberseguridad tienen –para nuestra fortuna– una perspectiva de
sus hábitos, recursos preferidos y tácticas principales.
Estos
diagnósticos han detectado un patrón claro: obtener el control del
Directorio Activo (AD, Active Directory), el componente tecnológico
que le permite “apalancarse” a los actores maliciosos para
concebir e ir construyendo el ataque de ransomware, ya que, gracias a
las debilidades nativas del AD, estos podrán robar credenciales,
mapear la red, realizar movimiento lateral y escalar privilegios
–actividades que realizan con criterio estratégico.
Sin
embargo, la principal ventaja de los agentes nocivos nada tiene que
ver con la sagacidad humana, sino con la falta de preparación de la
mayoría de las organizaciones. De acuerdo con un
estudio,
las empresas, por cuestiones de infraestructura y de prácticas de
gestión de red, terminan por facilitar el trabajo de los operadores
de ransomware: usan herramientas de protección desactualizadas y que
no son aptas para amenazas como el ransomware; descuidan la
ciberseguridad de sus equipos expuestos a internet; generan
demasiadas cuentas con privilegios excesivos; no tienen un control
estricto de sus credenciales (por ejemplo, para detectar credenciales
“abandonadas” en un endpoint); su monitoreo de la actividad en la
red puede ser negligente (por desdén o confusión, llegan a ignorar
una alarma, asumiendo que es un falso positivo, que revela un
comportamiento extraño en la red); por mencionar algunas situaciones
recurrentes.
Para
evitar un ataque de este tipo de amenazas, las empresas deben
recurrir a innovaciones con capacidades y características muy
específicas. El primer criterio es buscar soluciones de
ciberseguridad que realmente estén especializadas
en ransomware, lo que implica protección ante las distintas
variedades y en diversas instancias (red, puntos finales, nube,
archivos y carpetas locales, drives removibles, shares de red y de
nube).
Asimismo,
dadas las prácticas del ransomware operado por humanos, las
tecnologías idóneas deben tener recursos especiales para aspectos
como:
-
Directorio
Activo:
monitoreo permanente del AD, con el fin de detectar oportunamente
malas configuraciones, vulnerabilidades, exposiciones y consultas no
autorizadas, así tomar medidas de protección en forma automática.
El prevenir la enumeración de los recursos del AD es fundamental
para interrumpir el avance del adversario.
-
Credenciales
y escalación de privilegios:
detección de credenciales expuestas cuya extracción pasa
desapercibida y que empiezan a utilizarse de manera sospechosa (lo
que sugiere la presencia de un agente malicioso); en el caso de los
privilegios, detección de escalamientos no validados y gestión
avanzada de todos los privilegios disponibles en la infraestructura.
Por años los grupos APT/FIN han “cosechado” credenciales sin
ninguna oposición, ahora es el turno de los grupos detrás del
ransomware.
-
Movimiento
lateral:
detección y contención temprana de comportamientos dudosos en la
red –como acciones que sugieren actividades de reconocimiento de
red (un actor nocivo explorando la infraestructura). Si un defensor
puede detectar e impedir de manera temprana las actividades previas,
sin duda puede inhibir el movimiento lateral como etapa.
Con
esta clase de recursos defensivos, una empresa puede enfrentar a los
grupos del ransomware operado por humanos y detectar las señales
tempranas de manera anticipada. Sin duda son agentes maliciosos
sumamente capaces, sin embargo, su mayor ventaja siempre la
encuentran en una estrategia de ciberseguridad “nada sofisticada”.
Hablar de una estrategia anti-ransomware implica ver el problema no
sólo como el recurso para evitar la materialización del cifrado de
los datos, sino como un “libro de jugadas” muy bien planeado que,
sin duda, le permite al defensor tener oportunidades de detección
para evitar el impacto.